Abebe tiene un pequeño terreno del tamaño de un cuarto de campo de fútbol en el que trabajan él mismo, su mujer y sus 5 hijos en las montañas del norte de Etiopía. Tienen 10 cabras y una mula. Es sábado y se dirige con la mula cargando varios sacos de verduras al mercado. Venderá sus productos agrícolas y comprará productos manufacturados, como jabón o un plástico que hace de chubasquero para que sus hijos pastores se cubran de la lluvia. Abebe va descalzo esquivando los charcos del último chaparrón y solamente tiene una toga oscura que le envuelve todo el cuerpo y un bastón. No sabe leer ni escribir.
Al mismo tiempo, Bizuaye está atendiendo en la recepción del Tana Hotel en Gondar – una importante ciudad turística del norte del país- a un par de viajeros etíopes en amárico y a un turista hablando en un inglés más que correcto mientras hace un turno completo de 24 horas. Después dormirá un poco e irá a la universidad de Gondar, donde estudia sociología con la intención de ¨devolver a mi país lo que éste me ha dado¨. Bizuaye discute con soltura temas internacionales, como los problemas que tiene Etiopía con los paises vecinos debido a los planes de construcción de presas a lo largo del Nilo Azul.
Son dos formas de vivir completamente distintas y el poder verlas juntas me hace entender un poco más de dónde venimos y hacia dónde vamos.
Según la Lonely Planet, el 80% de la población trabaja en el campo. El 42% sabe leer y escribir. El 66% de los niños van a la escuela primaria y solamente el 31% llegan a la secundaria. Si todos los niños por debajo de 16 años estuvieran obligados a ir a la escuela, en el campo quedaría solo la mitad de la población del país para trabajar.